jueves, 10 de abril de 2008

Suerte

Era una hermosa tarde de sábado, con lluvia y café con leche. En el televisor pasaban un emocionante partido entre el Zaragoza y el Athletico Madrid. Por suerte, el bar en el que me hallaba, estaba ubicado en una esquina, lo que me permitía, en los momentos en que el partido tenía tiempos muertos, mirar a las chicas que corrían para escapar del agua, con sus pechos aflorando bajo las camisetas hechas sopa.
Ella llegó, como llega el invierno, con los rulos aplastados y los pies sudando charcos. Se acercó a mi mesa, se sentó de espaldas a la tele, encendió un pucho con olor a humedad y me dijo:
- Tenés suerte de que llueva, sino, te habría confesado una infidelidad.

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